23 septiembre, 2017

Madagascar. Segunda parte

  Esta es la segunda parte de nuestra visita a Madagascar. Como regla general al que le gusta viajar, le gusta de toda la vida. Al menos, en mí caso, es así. Todos los que tenemos un corazón aventurero solemos dedicar tiempo a indagar y recopilar información acerca de ciudades y países que anhelamos visitar.

Actualmente la herramienta de Internet facilita mucho la localización de nuevos destinos. Esto es de agradecer porque hace años la referencia solo se podía encontrar en alguna que otra revista, en programas de televisión dedicados a esta materia; y poco más.

Antes de realizar el viaje que, artículo tras artículo, estoy desgranando (crucero por el océano Índico) apenas encontré información. Por ello creo necesario la confección de artículos viajeros: su redacción ayudará a otras personas (hablo por mí misma, ya que a mí particularmente, me resultan de gran utilidad.)

   Jungla, playas y reservas naturales es lo que ofrece el país africano al turista intrépido que desee descubrirlo.

   Madagascar oculta grandes maravillas, y en el segundo puerto, Diego Suarez, nos aguardaba vivir una apasionante aventura.

          Unas pequeñas pinceladas de información acerca del puerto y su ciudad.

   El puerto de Diego Suarez abre las puertas a la ciudad de Antsiranana. Antsiranana o Diego Suarez es la capital de la región de Diana.

Alojado al extremo noreste (NE) de Madagascar, Diego Suarez es el tercer puerto más importante del país insular. Y cabe destacar que la bahía de Antsiranana es la segunda más grande del planeta.

   Antsiranana fue colonia francesa (finales S.XIX.)

Hasta el año 1975 la ciudad de Antsiranana tenía el mismo nombre que el navegante que la visitó en el año 1543: Diego Suarez (Diego Soares en portugués.)

Aunque la ciudad es calificada como agradable y pintoresca, con franqueza, no la recorrimos. Nuestro objetivo al llegar a puerto era aventurarnos al interior para visitar el parque Tsingy Rouge (Tsingy Rouge Park.) Por tanto nada más bajar del barco nos dirigimos hacia la zona donde estaban aparcados los todoterrenos 4×4 que nos conducirían al parque.

La mañana amaneció muy calurosa y optamos por llevar ropa ligera. Como íbamos a pasar casi todo el día de excursión (y el hambre y la sed se adueñarían de nuestros cuerpos) la naviera nos proporcionó comida y bebida para llevar (picnic.)

La capacidad de nuestro todoterreno era para unos seis personas. La excursión era guiada e incluía el trayecto de ida y vuelta. También incluyó una peripecia que, valga la redundancia, no estaba incluida: el instante en que el transporte sufrió un percance y…

…Eh ¡Un momento! No adelantemos acontecimientos.

Como bien anticipé en la primera parte del artículo dedicado a Madagascar sus trasportes no son precisamente estables. Y bueno, no nos precipitemos, y contemos las cosas a su debido tiempo.

   Tsingy Rouge Park (o Red Tsingy) está situado a unos 60 kilómetros de distancia (al sur de Antsiranana) cercano a la ciudad de Sadjoavato.

Aquí no caigas en el error de pensar que, en menos de lo que canta un gallo, llegarás a él. Recuerda que la infraestructura de las carreteras de Madagascar distan años luz de las autovías o autopistas europeas. Ármate de paciencia: caminos sin asfaltar, que más bien se asemejan a caminos de cabras, es por donde transitará tu medio de transporte.

¿Cuántas horas tardarás en llegar a Tsingy Rouge Park? Un par de horas, como mínimo; más las horas de regreso. Ahora, ten seguro: el viaje habrá merecido la pena. Al menos ese será tu pensamiento al término de la jornada.

          ¿Qué encontrarás en el trayecto de ida y vuelta?

   Pobreza, pobreza y pobreza; y más pobreza.

A ambos lados de la carretera verás poblaciones de gente. Y digo poblaciones por llamarlo de algún modo ya que lo que realmente hay -en lo largo y ancho del país- son conjuntos de chabolas fabricadas con contrachapado donde malviven mujeres y hombres que mueren de hambre. Allí, ahora mismo, mientras estás leyendo este artículo, cientos de personas integradas por bebés desnutridos, niños y ancianos esqueléticos y adultos, subsisten sin más. Y al tiempo que tú te quejas porque no tienes conexión wifi ellos tratan de sobrevivir (que no vivir) en un mundo carente de algo tan básico como poder ir a la escuela o tener asistencia sanitaria. Y voy más allá porque estas chabolas no disponen de agua, luz o gas; ni de las comodidades que disfrutamos nosotros.

Los más pequeños juegan en tierras secas y resquebrajadas; y en las sucias aguas de los ríos algunos adolescentes se bañan desnudos. En otros mujeres afanosas lavan ropa como antaño lo hacían nuestras abuelas: a mano, restregando las prendas una y otra vez. Solo que en África, escasea el jabón… No, no solo escasea el jabón: escasea todo, menos el hambre.

Como contrapunto a lo expuesto, decir que el trayecto, en tramos y a nivel panorámico, proporciona increíbles vistas montañosas.

Parque Tsingy Rouge.

   Es un conjunto de formaciones rocosas de piedra de la laterita roja, consecuencia de la erosión del río Irodo. Son chimeneas naturales creadas por arcilla y arena.

Y allí estará, en modo perpetuo -ante ti y en tu presente efímero- una impresionante maravilla visual, donde el sorprendente poder de la Naturaleza se impone, afortunadamente, a la mano destructiva del ser humano.

El recorrido en el todoterreno hasta el punto final es de una belleza subliminal. Donde quiera que mires, verás prodigios naturales. No pierdas la oportunidad y explora un paisaje rocoso lleno de colorido.

Abajo, está el gran tesoro de Tsingy Rouge: sus altas columnas blancas (también de arcilla y arena.)

Recuerda: no debes atravesar la línea prohibitiva, menos aun tocar las formaciones rocosas.

No olvides: haz foto, y vídeos.

   Arriba, y algo cansados, era el momento idóneo para hidratarnos e hincarle el diente al tentempié. No tardaríamos en poner rumbo a Diego Suarez. Ni en sufrir el percance con el 4×4.

   Habíamos abandonado el punto final para retomar el camino de vuelta. El sol unido a un calor abrasador habían sido nuestros compañeros de viaje… Hasta ese momento, puesto que, de pronto, el cielo se encapotó y comenzó a llover.

La lluvia nos cogió de improvisto, tanto como lo que ocurrió a continuación: el camino por el que transitábamos era de tierra, había pequeños montículos por los que debía circular el todoterreno. Debido a la abundante lluvia el suelo se había reblandecido y todo estaba lleno de agua y barro. Y en una de las subidas a uno de los varios montículos al 4×4 “se le salió la caja de cambios” (literalmente hablando.)

Tras bajarnos todos los que íbamos subidos a él, el conductor, un muchacho muy joven y bastante experto en la conducción, se tiró al suelo y se metió debajo del todoterreno, justamente donde estaba la caja de cambios. Y aquí si puedo aplicar la frase hecha “en menos de lo que canta un gallo” porque en un abrir y cerrar de ojos el chico solucionó el problema y emprendimos de nuevo en dirección al barco.

Realmente me impresionó, no solo la rapidez con la que subsanó la situación, sino el temple y buen hacer de una persona tan joven. Se había llenado de lodo, estaba empapado de agua; sin embargo en ningún momento protestó ni mostró signos de malestar.

Mucho tendríamos que aprender, de aquellos a los que creemos que debemos enseñar.

   Algo doloridos debido al traqueteo divisamos nuestra embarcación.

Y al ratito, ya está, la excursión había concluido.

Ahora tocaba ducharse e ir a cenar. Y luego tomar algo en una de las salas de baile.

Mientras, el barco iba en navegación hacia el último puerto en Madagascar: Tamatave.

 Por Carolina Olivares Rodríguez.

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