30 años de difuntos

Aquel día fue Halloween de verdad: corría el 1 de noviembre de 1988 y un muerto sin nombre emergió entre las arenas de la playa de Los Lances en Tarifa. Ildefonso Sena, un veterano periodista, tiró de su cámara y fotografió el cadáver, mientras la Guardia Civil detenía a los supervivientes de aquel primer viaje a ninguna parte.

Treinta años después, veinte mil difuntos más o menos, sin día que les conmemore. Ni todos los santos pudieron salvarlos. Les vimos con los ojos devorados por los peces, con la ropa raída o desnudos; a menudo sin el piadoso sudario de una sábana que ocultase su rostro ante la voracidad viral del racismo fotográfico que guarecía a nuestros caídos a manos de ETA o del Grapo pero que ofrecía descarnadamente el semblante de aquellas víctimas de ese otro terrorismo silencioso, el de las hambrunas constantes y el de las fronteras pretendidamente inexpugnables, el del norte y del sur que también fueron globalizados en una orgía de guerras siempre inciviles, primaveras árabes que rara vez llegaron al otoño, pandemias más virales que un hacker, falta de horizontes lejanos y con los tacones cercanos de las tiranías echando su aliento de sangre, dinero y petróleo en la nuca de los nadie.

Encended velas ante ese cementerio marino. Asad las viejas castañas de los cuentos de Charles Dickens ante la falta de piedad de los nuevos mercados. Oleadas de mano de obra barata en la vieja Europa: once millones de personas sin documentos, como una versión gore del célebre cantable de Los Rodríguez.

Junto a la arena, vimos a niños que jugaban a Robinson Crusoe pero que nunca llegaron a ninguna isla donde conocer a Viernes. Las aguas del Mediterráneo y las del Atlántico fabricaron pronto una escudería de ataúdes blancos o de menores sin más compañía que la de sus sueños, héroes de medio metro que querían sacar a sus madres del telar deslocalizado y a su padre del cafetín donde languidecía.

Rogad a todos los dioses en caridad por las mujeres embarazadas o prostituidas, por los diplomados sin oficio ni beneficio, por los niños soldado que quisieron rendirse ante un mundo que no supo cómo protegerles; por los jornaleros de la brecha miserable que hubo entre las dos orillas del mar nuestro hasta que se lo vendimos también a las transnacionales e inventaron un cuarto mundo en los suburbios de la burbuja inmobiliaria y en las metrópolis de la especulación.

A lo largo de tres décadas, por las playas del veraneo o por la ventana de los medios de comunicación, por el salón de los pasos perdidos de Barajas o El Prat, nos hemos cruzado con campesinos de Beni Melal, con familias fugitivas de Alepo sin derecho a refugio, con ingenieros apresados en un CIE, con sudacas estafados por las mafias y por la supuesta mano abierta de la madre patria, con las promesas del Este que dejaron de serlo, con muchachas que buscaban dinero en la fresa y se encontraron con el feudalismo del derecho de pernada, con músicos que sabían de oído todas las marchas fúnebres, con futbolistas a los que nunca repartieron juego.

Aunque algunos venían cargados de violencia y fanatismo, su inmensa mayoría buscaba la vida y no la muerte. Aprendimos a llamarles por sus nombres, a cruzarnos con ellos por el barrio, a tratarles como cualquier viajero en los cayucos de las costumbres cotidianas. Hasta que quienes nunca movieron un dedo por la miseria propia o ajena, los que jamás hicieron nada por nosotros, ocuparon las tribunas para decir que esos imposibles invasores eran nuestros enemigos y no la avaricia; que debíamos echarles de los hospitales y de las listas del paro; que había que cerrar las puertas a los fugitivos y abrirlas a los traficantes, que debíamos confinar en campos turcos a los pacíficos y recibir en nuestros palacios a los chalanes de armas y de almas. Les están votando a mansalva, no sólo en la Unión Europea, muchos de aquellos que quizá terminen convirtiéndose en las primeras víctimas de su política de tribu, de exclusión y de linchamiento.  Tampoco sería justo olvidar a aquellos que, sin creer en los evangelios, creyeron en las bienaventuranzas y aquellos otros que siendo religiosos no preguntaron por la fe del recién llegado sino que le abrieron sus casas y sus brazos.

Veinte mil personas muertas o desaparecidas en tres décadas, lo que equivalen a tres torres gemelas al año. Casi ninguna de todas ellas identificadas, a pesar de que el rubio de los muertos buscara a sus familiares en las colinas de Marruecos. A pesar de que la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía se hiciera con la fotografía de sus rostros para buscar a alguien que supiera decirnos cómo se llamaban, qué historia arrastraban, qué ojos con lágrimas dejaron atrás.

Ya no les damos importancia a estos difuntos. ¿Recordáis nuestro escalofrío de por aquel entonces? Aquella indignación contrastaba con la flema de la Comunidad Económica Europea, que así se llamaba la UE antes del tratado de Maastricht de 1993. Ahora, como somos europeos, también somos flemáticos. Y nos dan más repelús los que sobreviven que los que caen por el camino. Será que quizá estemos muertos también.

Ir a la fuente
Author:

Powered by WPeMatico