Adiós a Juan Carlos Aragón, el último revolucionario del Carnaval de Cádiz

El corazón del carnaval gaditano se heló ayer ante una noticia que, no por esperada, dejó de conmocionar a los aficionados. Juan Carlos Aragón Becerra, gaditano del barrio de La Laguna, profesor de Filosofía y autor de más de 40 repertorios de chirigota y comparsa, fallecía este viernes a los 51 años, a causa de un cáncer fatal que le había sido diagnosticado apenas un mes antes. Con él se marcha el último revolucionario de la fiesta de febrero, un enfant terrible que no dejó a nadie indiferente y que dejó para la posteridad coplas que ya forman parte de la memoria sentimental de cuantos lo siguieron.

Sus antiguos compañeros del colegio de Salesianos todavía recuerdan que se le daban tan bien las letras como pegarle al balón, pero su destino iba a encaminarse muy pronto hacia la música. La pérdida de un hermano de 15 años cuando él tenía 17 lo marcó para siempre, pero ya entonces hacía gala de una sensibilidad extraordinaria que impregnaba cuanto emprendía. Acabó sus estudios de Filosofía en la Universidad de Sevilla y empezó a ejercer como profesor, tarea que desempeñó hasta el último momento, siendo su último centro el IES Las Salinas de San Fernando (Cádiz).

Tras foguearse en varias agrupaciones juveniles, dio la campanada en 1994 con la chirigota Un Peasso Coro, que le granjeó un lugar de honor entre la nueva hornada de carnavaleros. Se superó a sí mismo con Los Tintos de Verano (1995), una agrupación que certificaba que con él llegaba un soplo de aire fresco al género, confirmado en los años siguientes por Las Ruinas Romanas, Kadi City, Ciudad Sin Ley y sobre todo Los Yesterday (1999), para muchos la mejor chirigota de todos los tiempos, una síntesis perfecta de mordacidad, elegancia y poca vergüenza.

Si quedaba alguien por conocerlo, el mismísimo Alejandro Sanz se encargó de ponerle remedio interpretando al piano ante miles de personas pasodobles de Aragón, por quien el cantante sentía una indisimulada debilidad. «Envidiosos los de arriba que nos han robado tu talento demasiado pronto», escribía en las redes sociales tras conocer la noticia.

Compargotas o chiriparsas

Como comparsista, empezó a destacar en los primeros años 2000, en un momento en que el trono del género era disputado entre un veterano como Antonio Martín y otro peterpan irredento como Antonio Martínez Ares. Parecía no haber oxígeno para nadie más en ese campo, pero de pronto irrumpió Aragón con esa genuina habilidad para moverse de la chirigota a la comparsa (hubo quien habló de compargotas o chiriparsas para referirse a sus creaciones) sacando a la luz propuestas de una brillantez insólita y erigiéndose como el más mordaz látigo contra el teofilato que ostentaba la alcaldía.

Los Condenaos, Los Ángeles Caídos, Los Inmortales, Araka La Kana, La banda del Capitán Veneno… consagraban un modo de escribir para el carnaval que no tenía parangón. Juan Carlos Aragón era capaz de soltar un «bastinazo», como se conoce en su ciudad a las expresiones chocarreras y malsonantes, y en el verso siguiente destilar una lírica de notable altura, sin disimular su condición de hombre leído. Aquella combinación de letras destroyer pero con voluntad de estilo cautivaron a una generación de universitarios que habían perdido acaso el interés por el carnaval, y que de pronto tenían a un autor con el que identificarse.

Su talento siguió haciéndose notar hasta este mismo año, cuando no logró colar en la final una chirigota sobresaliente, Er Chele Vara, pero obtuvo el segundo premio en comparsas con La Gaditaníssima. También se destapó a menudo como poeta sin música, con títulos como La risa que me escondes, publicado por el sello sevillano La Isla de Siltolá. 

El próximo día 26 de mayo habría cumplido 52 años, había sido padre recientemente por tercera vez, y no cabe duda de que tenía por delante muchos años de música y de esas críticas sociales en las que, en tres minutos, era capaz de retratar a toda la sociedad con su grandeza y sus miserias.

Fue adulado hasta la extenuación, y muchos no lo rebajaron nunca de la categoría de “maestro”, o “capitán”. Y sufrió, más o menos como todos, la atmósfera enrarecida y a menudo mezquina del concurso del Gran Teatro Falla. Pero, de algún modo, Juan Carlos Aragón luchó por no endiosarse y seguir siendo ese chaval que se iba con la guitarra a la Bahía, a dejarse inspirar por las musas con las grúas de Astilleros como paisaje de fondo. Como confesaba ayer a este periodista una aficionada que lo conoció bien, «yo creo que estamos tristes no porque se haya ido uno de los grandes, sino porque se ha ido uno de los nuestros».            

           

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