De paraíso a infierno en llamas: Doñana dos años después del incendio

La noticia del incendio le llegó a Pepe, Ángel, José Antonio y Juanjo de manera muy diferente. Pero todos recuerdan lo mismo: era un día de vientos huracanados. Las altas temperaturas, la vertiginosa velocidad del viento y la falta de humedad hicieron que las llamas se propagaran de un modo “rápido, intenso y voraz”. El incendio de Doñana, originado en una carbonera de Moguer (Huelva), devoró 10.000 hectáreas, entró en espacio protegido, generó daños por valor de 100 millones de euros y no dejó víctimas que lamentar. Humanas, al menos.

José Fiscal era el consejero de Medio Ambiente andaluz en el verano de 2017. Aquel 24 de junio por la tarde, “acababa de llegar a la Sierra de Huelva. Me llamaron y me dijeron que había un incendio que tenía mala pinta. No era algo raro para ser verano. Subí al cerro de San Cristóbal (Almonaster la Real), que es uno de los más altos de la provincia. Desde allí he visto muchos incendios, así que si me pilla cerca, suelo subir allí a verlos. Recuerdo que era un día de bruma y viento huracanado, pero que no se veía mucho y pensé que no era para tanto”.

«Nadie se imaginaba la que se nos venía encima»

Juan José Carmona, ecologista de la organización WWF, tiene un recuerdo similar. En un principio, no le dio mayor importancia. Estaba en El Portil, municipio del litoral onubense cuando le llegó «un mensaje diciéndome que había un incendio en Moguer. No le di mayor importancia, porque la mayoría acaban en conato. Lo que sí recuerdo es que un vendaval desplazó medio metro una silla de plástico de la terraza en la que estaba. Nadie se imaginaba la que se nos venía encima”. 

A la mañana siguiente todo cambió por completo. Cuando Juan José Carmona se despertó a las seis de la mañana, tenía un nuevo mensaje: “el incendio se ha descontrolado”. Desde un punto elevado, el puente de El Portil, vio «una humareda brutal y que el incendio se había descontrolado de verdad”. Esa misma mañana, el consejero de Medio Ambiente avisó a la presidenta andaluza, Susana Díaz, activó el dispositivo de incendios y puso rumbo a Mazagón, donde se encontraba el puesto de mando avanzado del Infoca (Dispositivo para la Prevención y Extinción de Incendios Forestales de Andalucía).

Esa misma mañana, el operativo ya había pedido auxilio a la brigada helitransportada de Málaga. En Huelva estaban “desbordados” y el cuerpo de élite de extinción de incendios, la BRICA, acudió a apoyar a los compañeros que ya trabajaban sobre el terreno. Entre los brigadistas se encontraba José Antonio Bravo. “La meteorología era adversa, con vientos fuertes. Nos asignaron una zona en el flanco izquierdo de la cabeza del incendio. Intentamos frenarla con otras BRICAS de Sevilla, empleando contrafuegos, pero no hubo forma. El fuego se desbordaba”. 

Desalojo de más de 2.000 personas

Bravo, un bombero forestal con más de 22 campañas a sus espaldas, añade que “el incendio estaba muy disperso, había fuegos secundarios y las pavesas volaban, así que intentamos trabajar por zonas, protegiendo viviendas cercanas y cortijos”. Hubo que desalojar a más de 2.000 personas de hoteles, campings y viviendas cercanas.

José Fiscal también lo recuerda así. «Las circunstancias climáticas eran tan lamentables que era difícil que los medios aéreos actuaran». Su relato coincide así con el de José Antonio Bravo: «Lo más sensato era sacar a todos los retenes del fuego y dirigirlos a una zona que no se hubiera quemado».

El fuego, un monstruo que brama

Cuenta el cineasta onubense Manuel H. Martín, director del documental sobre la BRICA La vida en llamas, que el fuego «es como un monstruo que está vivo. No te impresiona solo su imagen, sino su alarido de monstruo de película». El veterano bombero José Antonio Bravo así lo confirma. «El ruido del fuego era ensordecedor, bramaba como un avión rompiendo la barrera del sonido. La naturaleza entera cruje y hay árboles que estallan en una deflagración». 

En las entrañas del infierno en llamas, las kilométricas columnas de humo transforman el día en noche. «Cuando los eucaliptos arden, las llamas alcanzan los 25 metros. También zonas con jarales, que creaban unas llamas muy altas. Ardieron muchas zonas ganaderas abandonadas, porque el ganado rotura el monte y genera cortafuegos», añade Bravo.

La tarde del domingo da un respiro 

La tarde del domingo, el viento del suroeste vino cargado de humedad. Por la noche, perdió bravura y eso permitió que, aunque el incendio siguiera descontrolado, «ya íbamos por delante de él».

Ese domingo, Ángel estaba de permiso y disfrutando de un día de playa. Al igual que todos, el bombero forestal recuerda que «hacía tanto viento que no se podía ni estar en la playa. Me estaba tomando un café con un compañero de trabajo y los dos nos quedamos mirando hacia el polo químico de Huelva desde Punta Umbría, porque vimos humo. Pensamos que procedía de allí».

«Cariño, esta noche me toca bailar«

Al llegar a casa y encender la televisión, los informativos le revelaron la cruda realidad: «Cariño, esta noche me toca bailar«. Así fue. Durante seis noches, su cometido fue trabajar de noche haciendo «guardia de ceniza. Vigilaba que el perímetro no aumentase y controlaba los focos que podían ser peligrosos al día siguiente».

El fuego había llegado hasta la playa. A él le tocó aquella noche en la Vereda de los Playeros y del Villar, el pico occidental del Parque Natural de Doñana. Atentos a cualquier escape de fuego, al retén le terminó amaneciendo. Los primeros rayos de sol le descubrieron a Ángel una pléyade de animales muertos: culebras, escorpiones y animales que no fueron lo suficientemente rápidos para huir de aquel fuego endiablado. Fue entonces cuando un compañero se acercó a él con un animal muerto que él creía extinto: un camaleón común

«Quería que la gente viera lo que se pierde en un incendio»

Ángel le hizo una foto que corrió como la pólvora por redes sociales. «Me llamó la atención, porque le faltaba una pata y el fuego le había calcinado la espina dorsal. Se había intoxicado con el humo, desmayándose y cayendo al fuego, de manera que una parte de su cuerpo quedó enterrada en ceniza y se preservó mejor», explica.

«Quería que la gente viera lo que se pierde en un incendio. Quería contar que esta profesión trata de proteger a la naturaleza y las personas, pero que para ese animal habíamos llegado tarde. No era un simple animal, sino una especie representativa de la zona».

De alguna manera, Ángel mostró una realidad terrible: la cantidad de animales que, ante un fuego de esas dimensiones son incapaces de huir para ponerse a salvo. Compartida miles y miles de veces por redes sociales, el efecto fue instantáneo: los los trece linces ibéricos liberados, con las puertas abiertas, en el centro de cría de El Acebuche no eran los únicos que se habían tenido que enfrentar al horror del fuego.

Como explicaba en aquel momento Miguel Ángel Simón, exdirector del programa de recuperación del lince ibérico, «las culebras, como la bastarda o la de escalera, así como el galápago son posiblemente los animales que más se han podido ver perjudicados por el incendio, ya que no les da tiempo a salir del fuego».

El valor de los daños del fuego

Según destaca Europa Press, la Junta de Andalucía ha ampliado los gastos de daños y extinción hasta los 96,1 millones de euros, 23 millones más que los que se barajaron en un principio. La Fiscalía de Huelva lo eleva hasta los 100 millones de euros. Esos gastos comprenden el aprovechamiento de madera, leña, forestales o cinegético, la pérdida del valor recreativo, carriles bici, pasarelas, instalaciones y hasta la muerte del lince ibérico Homer.

Hasta el 4 de julio, el fuego no se dio por extinto, pero varios días antes, el martes 27 de junio ya se dio por estabilizado y controlado. Al otro lado del teléfono, José Fiscal hace una pausa por la emoción al recordar aquel momento. «El martes sobrevolamos el perímetro con un helicóptero. Es una de las imágenes más duras que recuerdo. Aún me emociono. Es una zona a la que he ido toda la vida, ya que Mazagón se encuentra a tan sólo 20 minutos de mi casa».

Dos años después, las zonas arrasadas por el fuego evolucionan de manera distinta, pero hay consenso: se ha dejado a la naturaleza actuar y «el balance no es malo». Juan José Carmona explica que «en algunas zonas, como la costera, ha ido muy bien, como en el caso de la camarina. En otras han aparecido especies invasoras, como el cañizo en las zonas de ribera. El objetivo era que la naturaleza respondiera y no ha respondido mal. Y donde no lo ha hecho, hay que intervenir con restauración ambiental y eliminar en algunas zonas especies invasoras y madera quemada».

Ahora el reto es poner en marcha, con mucha paciencia, un plan de restauración. «Apoyar a la naturaleza donde peor le haya ido y empezar a probar especies», añade. Para evitar que las plantas ardan con tanta facilidad, se está replobando la zona con vegetación autóctona más resistente al fuego como armería, coscoja, palmito, alcornoque, enebro, sabina, camarina, barrón, acebuche y lentisco. Lo importante, en definitiva, es que se está oyendo a los científicos y los expertos y se ha intervenido en más de 7.600 hectáreas. 

Como una de las últimas víctimas, Fran, el último lince perdido del centro de cría del Acebuche que vagó durante un mes por Doñana, todo vuelve a su lugar. La naturaleza sigue su curso y la vida se abre camino en Doñana. 

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