Un juego escénico a la medida de Miguel del Arco

Amistad, traición, apariencias, el amor verdadero y la confusión entre realidad y ficción. Son los temas de los que parte esta curiosa comedia de Viripaev que Miguel Del Arco lleva a sus últimas consecuencias hasta desembocar en el mensaje final, resumido en el estribillo de la canción de Los Chichos que cierra la obra: “Es que todo lo que piensas tú/son ilusiones…”

La historia gira en torno a cuatro personajes, dos parejas de matrimonios octogenarios. Pero no son ellos, sino cuatro narradores los que nos cuentan su historia. De esa manera, la dramaturgia presenta una fuerte impronta narrativa que se enfatiza porque cada uno de los cuatro intérpretes no se limita a contar toda una historia determinada, sino que, sin distinción de género, cuenta algún fragmento de la vida de los cuatro personajes, quienes con su discurso además de elucubrar sobre el amor esconden una compleja reflexión sobre la necesidad de encontrar un lugar en el mundo que les libre de la falta de certezas y valores absolutos.

Todo ello está en el texto original de Viripaev, aunque con este montaje Del Arco se centra fundamentalmente en el reto que supone una dramaturgia que renuncia a los personajes y a los diálogos para situar en primer plano la narración. Aunque en ese sentido cabe destacar que Viripaev consigue con habilidad dotar de teatralidad a su texto al construirlo como una sucesión de monólogos entrelazados que, aunque no acaban de dotar de humanidad y verosimilitud a los personajes, permiten desde la primera escena que el público se sienta partícipe. De esa manera, la obra nace con vocación de ruptura, tanto de la cuarta pared como de las características propias de la comedia. No en vano acaba proponiendo que, ante nuestra falta de asideros, los seres humanos somos capaces de llegar a mentirnos a nosotros mismos hasta llegar a confundir la verdad con la mentira, o lo que es lo mismo, la realidad con la ficción. De ahí el título.

Del Arco rompe de vez en cuando la narración para introducir acciones ajenas a ellas, como un divertido baile, una canción o un intento frustrado de representar una acción tan cotidiana como beber agua. Con ello intenta ahondar en la confusión entre realidad y ficción que subyace en el texto aunque, tal vez debido a su falta de conexión con el resto del discurso se trata de un este recurso que acaba de entenderse del todo. Claro que lo que menos se entiende es precisamente esa vocación existencialista de la obra, que dada su condición cómica acaba perdiéndose entre tanta reflexión sobre el amor verdadero y el perfil superficial de las relaciones de pareja.

Por fortuna la obra cuenta con un magnífico reparto que consiguen atrapar en todo momento al espectador. Marta Etura imprime un fuerte carácter dramático a sus narraciones; Verónica Ronda colma el escenario de frescura, además de deleitarnos con la calidez de su voz cuando canta; Jordi Buxó imprime a su papel de narrador una seriedad impregnada de sorna y Daniel Grau roza la genialidad con su comicidad y sus números de baile.

Obra: Ilusiones
Lugar: Teatro Central, 9 de febrero
Producción: El Pavón Teatro Kamikaze
Texto: Ivan Viripaev
Dirección: Miguel del Arco
interpretación: Marta Etura, Daniel Grao, Alejandro Jato y Verónica Ronda
Calificación: Tres estrellas

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